Rodilla

Rodilla

Un día me golpee una rodilla. Y no fue un golpe leve. Más bien se me puso como papaya y no pude caminar durante muchos días. Cuando me preguntaron cómo fue a veces cuento la historia de cuando a mi mamá le ayudaba una muchacha en la casa.

Y de verdad era una muchacha. Su nombre me lo guardo, pero le llamaré Zacarías. Así de extraño se llamaba. Su tez morena y amplia sonrisa daban un carácter amigable al resto de su imagen. Y no lo digo porque esta mujer fuera de alguna forma desagradable a la vista. Todo lo contrario.

Ella venía de un pueblo cercano a mi ciudad, hermana de otras ocho mujeres igual de bellas que ella, parecía vivir con mucha alegría todo lo que la vida le ponía enfrente. Siempre sonriente y amable. Un día bajé de mi habitación, a escondidas. Me metí una almohada debajo de la playera y le grité desde la cocina

– ¡Zacarías ayúdame a bajar esto porfaaaa!

Y ella volteó aún concentrada en desmanchar una camisa y me vio desde afuera, a media cocina en sandalias, short y una playera estirada por la enorme almohada en mi panza.

¡Su carcajada hizo que hasta se le salieran los mocos! Jamás había visto una boca tan abierta. Doblada en el piso por tanta risa, llorando y con la panza adolorida se retorcía de acá para allá en la cocina. Es este momento en que debo confesar algo.

Zacarías se vestía muy elegante. Sí. Era una muchacha de rancho, vaya que lo era. Muy sonriente, muy bonita, muy feliz. Y vestía como si fuera a un baile de gala. Así hacía el aseo. Vestida así picaba la cebolla y marinaba la carne. Vestida así cargaba la cubeta de agua para limpiar el piso. Descalza. No entendía la lógica detrás de tal forma de actuar. Bueno… al menos no la entendía entonces, pero tampoco había mucha queja al respecto.

Verla ahí tirada a media carcajada fue un evento extraño en mi recién descubierta adolescencia. Descalza. Vestida de gala y tratando de contener las lágrimas. No creo ser un hombre muy gracioso, pero esa ocasión he tenido el mejor público del universo.

Entonces algo se formó en mi mente adolescente. Tenía que hacerla reír a como diera lugar. A veces lo único que la hacía reír era lo mucho que lo intentaba… Y lo ridículo que me veía. Me confeccionaba bigotes de cartón y los pegaba con cinta adhesiva. Imitaba el acento norteño y bajaba pidiendo machacao con huevo. Ya tenía la risa tan suelta que hasta la cosa más sencilla la hacía reír.

En una ocasión, tiempo después, yo estaba sentado haciendo bolitas con mis calcetines. Zacarías seguía planchando ropa, cada quien en diferente habitación. Cuando terminó debía esperar al menos quince minutos para enfriarse antes de salir.

Confiada, entró a mi cuarto que tenía la puerta abierta y se sentó a mi lado en la cama. Tomó un par de calcetines y los hizo bolita. Luego tomó las bolitas y las guardó en mi cajón. Y luego nos seguimos con los pantalones y después el resto de la ropa interior. Creo que por eso nunca he tenido pudor en que cualquier persona vea mis calzones.

Era la primera vez que platicábamos de cosas serias. Algo que no fuera yo disfrazado de algo o haciendo voces. Y ahí estuvimos hasta que se sintió segura de poder irse. Al levantarse recorrió su dedo por mi espalda y salió del cuarto para bajar las escaleras.

Yo me fui varios pasos detrás de ella. A la mitad de las escaleras paró y se giró.
– Oiga, no se le ofrece algo más? – Su vestido sugerente, elegante y dorado, reflejaba en hermosas formas la energía que entraba por el tragaluz de la escalera.
– Mmm … Nn.. no se. No creo. Qué falta?
– No se, usted dígame si se le ofrece algo más.
– Creo que así estoy bien, sí, creo que todo está bien.
– Seguro? Porque ya me voy.
– S… Seguro.

Y se fue.

Muchos años después, ya era yo todo un hombre, o al menos eso dice cuando uno todavía no es todo un hombre, pero quisiera serlo.

Yo iba montado en una bicicleta, buscando a un compañero perdido en las ruinas de Tulúm. En un instante miré un pequeño grupo de turistas. Alguien rió a carcajadas. Miré. Era la misma sonrisa pero en diferente cuerpo. Era la misma carcajada pero en diferente voz. Zacarías. Mi mente viajó hasta el día en que la hice reír, cuando me enseñó a picar cebolla, cuando me ayudó a hacer bolita mis calcetines…

DEMONIOS!!! Ya entendí!!! Ya entendí de que se trataba esa conversación!!! YA ENTENDÍ !!!!!! En mi cabeza se recrearon los reflejos de su dorado vestido en la pared de la escalera, su mirada extraña y sus pies descalzos. Mi corazón dio un vuelco y mi sonrisa boba se hizo presente, aunque no duró mucho. Lo siguiente fue que perdí la concentración, el equilibrio y caí de rodilla y bruces sobre la terracería del camino que conecta las pirámides de Tulúm.

Cuando me preguntan sobre mi rodilla, a veces cuento que me caí de la bicicleta en Tulúm, pero a veces cuento la historia real.