Rodilla

Rodilla

Un día me golpee una rodilla. Y no fue un golpe leve. Más bien se me puso como papaya y no pude caminar durante muchos días. Cuando me preguntaron cómo fue a veces cuento la historia de cuando a mi mamá le ayudaba una muchacha en la casa.

Y de verdad era una muchacha. Su nombre me lo guardo, pero le llamaré Zacarías. Así de extraño se llamaba. Su tez morena y amplia sonrisa daban un carácter amigable al resto de su imagen. Y no lo digo porque esta mujer fuera de alguna forma desagradable a la vista. Todo lo contrario.

Ella venía de un pueblo cercano a mi ciudad, hermana de otras ocho mujeres igual de bellas que ella, parecía vivir con mucha alegría todo lo que la vida le ponía enfrente. Siempre sonriente y amable. Un día bajé de mi habitación, a escondidas. Me metí una almohada debajo de la playera y le grité desde la cocina

– ¡Zacarías ayúdame a bajar esto porfaaaa!

Y ella volteó aún concentrada en desmanchar una camisa y me vio desde afuera, a media cocina en sandalias, short y una playera estirada por la enorme almohada en mi panza.

¡Su carcajada hizo que hasta se le salieran los mocos! Jamás había visto una boca tan abierta. Doblada en el piso por tanta risa, llorando y con la panza adolorida se retorcía de acá para allá en la cocina. Es este momento en que debo confesar algo.

Zacarías se vestía muy elegante. Sí. Era una muchacha de rancho, vaya que lo era. Muy sonriente, muy bonita, muy feliz. Y vestía como si fuera a un baile de gala. Así hacía el aseo. Vestida así picaba la cebolla y marinaba la carne. Vestida así cargaba la cubeta de agua para limpiar el piso. Descalza. No entendía la lógica detrás de tal forma de actuar. Bueno… al menos no la entendía entonces, pero tampoco había mucha queja al respecto.

Verla ahí tirada a media carcajada fue un evento extraño en mi recién descubierta adolescencia. Descalza. Vestida de gala y tratando de contener las lágrimas. No creo ser un hombre muy gracioso, pero esa ocasión he tenido el mejor público del universo.

Entonces algo se formó en mi mente adolescente. Tenía que hacerla reír a como diera lugar. A veces lo único que la hacía reír era lo mucho que lo intentaba… Y lo ridículo que me veía. Me confeccionaba bigotes de cartón y los pegaba con cinta adhesiva. Imitaba el acento norteño y bajaba pidiendo machacao con huevo. Ya tenía la risa tan suelta que hasta la cosa más sencilla la hacía reír.

En una ocasión, tiempo después, yo estaba sentado haciendo bolitas con mis calcetines. Zacarías seguía planchando ropa, cada quien en diferente habitación. Cuando terminó debía esperar al menos quince minutos para enfriarse antes de salir.

Confiada, entró a mi cuarto que tenía la puerta abierta y se sentó a mi lado en la cama. Tomó un par de calcetines y los hizo bolita. Luego tomó las bolitas y las guardó en mi cajón. Y luego nos seguimos con los pantalones y después el resto de la ropa interior. Creo que por eso nunca he tenido pudor en que cualquier persona vea mis calzones.

Era la primera vez que platicábamos de cosas serias. Algo que no fuera yo disfrazado de algo o haciendo voces. Y ahí estuvimos hasta que se sintió segura de poder irse. Al levantarse recorrió su dedo por mi espalda y salió del cuarto para bajar las escaleras.

Yo me fui varios pasos detrás de ella. A la mitad de las escaleras paró y se giró.
– Oiga, no se le ofrece algo más? – Su vestido sugerente, elegante y dorado, reflejaba en hermosas formas la energía que entraba por el tragaluz de la escalera.
– Mmm … Nn.. no se. No creo. Qué falta?
– No se, usted dígame si se le ofrece algo más.
– Creo que así estoy bien, sí, creo que todo está bien.
– Seguro? Porque ya me voy.
– S… Seguro.

Y se fue.

Muchos años después, ya era yo todo un hombre, o al menos eso dice cuando uno todavía no es todo un hombre, pero quisiera serlo.

Yo iba montado en una bicicleta, buscando a un compañero perdido en las ruinas de Tulúm. En un instante miré un pequeño grupo de turistas. Alguien rió a carcajadas. Miré. Era la misma sonrisa pero en diferente cuerpo. Era la misma carcajada pero en diferente voz. Zacarías. Mi mente viajó hasta el día en que la hice reír, cuando me enseñó a picar cebolla, cuando me ayudó a hacer bolita mis calcetines…

DEMONIOS!!! Ya entendí!!! Ya entendí de que se trataba esa conversación!!! YA ENTENDÍ !!!!!! En mi cabeza se recrearon los reflejos de su dorado vestido en la pared de la escalera, su mirada extraña y sus pies descalzos. Mi corazón dio un vuelco y mi sonrisa boba se hizo presente, aunque no duró mucho. Lo siguiente fue que perdí la concentración, el equilibrio y caí de rodilla y bruces sobre la terracería del camino que conecta las pirámides de Tulúm.

Cuando me preguntan sobre mi rodilla, a veces cuento que me caí de la bicicleta en Tulúm, pero a veces cuento la historia real.

Gabriel – Epílogo

Gabriel

Corría el año de no me acuerdo. Lo único que sí recuerdo perfectamente es que en ese viaje la conocí, y también conocí a Gabriel.

Cuando digo que “la conocí” quiero decir que cuando la vi me llamó la atención, su bailar despreocupado era un grito de ayuda y yo lo interpreté como una valentía furiosa por vivir la vida; honestamente no pude hacer nada para colocarla en el lugar correcto durante muchos años, dentro de mi, en mi alma, en mi vida. Una década después habría de tener la casa vacía y el alma también, después de su partida. Pero eso se arregló con el tiempo, un par de depresiones, terapia e insomnio. Lo normal.

Y cuando digo que conocí a Gabriel, quiero decir que viví con él los cuatro días que asistimos al congreso. Lo vi enamorado, triste, borracho, en medio de una terrible resaca, enfocado, relajado y meditabundo. Lo vi bailar y beber, llorar y reír. Por encima de todas las cosas entendí que, en lo que a él respecta, lo que ves es lo que hay. Gabriel no era muchas cosas. No era un ser complejo ni mucho menos demasiado sofisticado. Pero algo ahí se cocinaba. Esa personalidad sencillamente trágica que no sabes diferenciar de la despreocupada soledad del filósofo de cantina.

“…Solamente un buen fuego,
Puede dar muerte a un cigarro”

Mi padre me llevó al punto de reunión. Dos vehículos transportarían a dos grupos de personas con diferentes visiones de vida. En el coche más sencillo íbamos Sergio, Gabriel al volante y en los asientos traseros mi equipaje y yo. En el otro coche, más grande, irían Ella, su amiga Estefanía, un tipito del que no recuerdo el nombre y otra muchacha que se me escapa casi por completo en la penumbra de la memoria.

El estéreo de Gabriel estaba repleto de música nueva, movida, deprimente, experimental, toda una chorrada o una completa genialidad. Todo en un solo estéreo. Todo en un solo vehículo barato de apariencia cuadrada. Los tres, sentados y a veces platicando, a veces cantando al unísono, nos procurábamos ese momento de genialidad en que te colocas los lentes oscuros, bajas el vidrio, sacas un brazo y dejas que el viento te despeine mientras admiras la carretera al bombeo de los acordes de tu nueva canción favorita. Mi nueva canción favorita era una vieja canción favorita que solo había escuchado una vez por casualidad.

El grupo era Los Tres: una banda chilena famosa en los noventas. La voz jovial de Álvaro Henríquez y la electrificante compañía de Titae, Pancho y Ángel nos hicieron compañía durante el largo camino a la ciudad de Guadalajara.

“…Solamente un buen fuego,
Puede dar muerte a un cigarro”

La manera en que Gabriel prendía su cigarro, despojado de toda elegancia y con cierto desparpajo, contrastaba con la calma serena con que Sergio jalaba aire para prender el suyo. Las pequeñas paradas a orinar y el paso por las casetas de peaje daban para entendernos un poco mejor con el paso de las horas.

En una de esas paradas para fumar hubo un cambio. Gabriel se puso extrañamente serio y apagó lo que quedaba de su cigarro en la suela de su zapato diciendo:

Solamente un buen fuego puede dar muerte a un cigarro.

Y subió al pequeño coche que conducía, encendió el motor y cerró las ventanillas. Aún hacía un poco de frío. Él, flacucho y cabezón, tamborileaba con sus huesudos dedos sobre el volante mientras unos rápidos acordes y un ritmo parecido a la polka se alborotaba en las bocinas del coche. ¡Era esa canción!


En la torre de babel,
Vivían 50 cigarros.
Vivían amontonados,
Hechos todos de papel
Uno a uno alineados,
Todos muy bien formados.
El más pequeño era aquel,
Y se llamaba Gabriel

¡Era esa canción!

Yo la recordaba por ser la historia de un cigarro que desobedece los consejos de sus mayores y termina ahogado en el río. Porque el videoclip estaba hecho en animación de caricatura, porque la letra no era cantada y más bien recitada como si fuera un merolico de feria vendiendo el nuevo producto en contra de la caída del cabello o el nuevo un ungüento para las reumas.

No recordaba el ritmo ni la letra, pero recordaba que escucharla hizo que se me erizara la piel, que me dio un vuelco el estómago, que algo de esa tragedia simple de lo que es blanco o negro se me acumulaba como lágrimas en los ojos… y ahí estaba de nuevo.

Al ritmo de Gabriel, ahora tomando refresco de una lata mientras maneja con la otra mano apoyada en la parte de hasta arriba del volante.

Lo vi y lo escuché con atención. No recuerdo haber hilado el nombre del personaje de la canción con su nombre, yo solo puse atención en los lugares incorrectos. En la polka, en la rapidez de los acordes, en sus dedos, en la Coca-Cola, en los ciento veinticinco kilómetros por hora que marcaba el velocímetro, en la carretera, en las montañas, en el bamboleo del coche y en la canción, en el cigarro Gabriel.

“…Solamente un buen fuego
Puede dar muerte a un cigarro”

Cuando por fin llegamos a Guadalajara se nos hizo evidente nuestra cercanía más a la adolescencia que a la vida adulta. Apenas rebasar la veintena de años no te hace un adulto por default. Encontramos de milagro el lugar donde nos hospedaríamos. Gabriel, optimista y confiado seguía chupando su cigarro y sorbiendo lentamente su tercera Coca-Cola, mientras conducía imprudentemente por la avenida más larga de una de las ciudades más grandes del país. También de milagro dimos con el lugar donde sería el congreso de Diseño Gráfico al que nos habíamos inscrito desde hace algunas semanas.

En la fila de registro, con los ojos bien abiertos, deslumbrados, veíamos cómo las muchachas llegaban de tacones, falda o vestido, enseñando las piernas, el escote, maquilladas y olorosas a perfume, haciendo fila para entregar sus comprobantes de pago del congreso. Nosotros, como un trío de hombres, a veces olvidábamos que nos hacíamos acompañar de tres mujeres y un amigo gay. Ellas, sencillas y no tan producidas, siempre fueron la más agradable de las compañías.

Debo decir que el congreso era mucho más de lo que yo esperaba, pues no sabía a que enfrentarme ni mucho menos el tipo de ambiente que encontraría. Me gustó ver a muchas mujeres de todo tipo. Me gustó mucho ver a muchas mujeres guapas. Me gustó mucho ver expositores gordos, medio viejos y barbudos, acompañados de sus guapas esposas, bellas y carnudas manifestaciones de Venus. Me gustó mucho imaginarme gordo, medio viejo y barbudo, pero acompañado de una jovial y hermosura treintañera, mostrando en diapositivas animadas mi trabajo como genio del diseño y los medios audiovisuales.

Yo ponía mucha atención. Pero ponía atención en los lugares incorrectos. En los gordos, en sus esposas, en las computadoras y las cámaras fotográficas que traían, en la pantalla. Gabriel no anotaba. Gabriel escuchaba y asentía, pero no anotaba. A veces miraba la sala, como buscando algo sin encontrarlo. Suspiraba mucho.

Esa noche, debido a una confusión con las habitaciones y los costos, terminé compartiendo espacio con Gabriel, cada quien su cama. Era la primera vez que me desvestía parcialmente frente a un desconocido. Él, de la manera más normal, al entrar a la habitación se quitó la camisa y el pantalón. Se quedó en tenis y calzones, encendió un cigarro y sacó su quinta Coca-Cola del día. Parece que la resaca ya hacía horas que no le afectaba.

“…Solamente un buen fuego
Puede dar muerte a un cigarro”

Entré a bañarme y luego a ponerme mis más finas ropas, que para la edad que tenía y lo tarado que era, no hubo mucha diferencia con respecto a mis ropas comunes. Él salió elegante con la camisa desabotonada de arriba, mostrando su esquelético pecho y un par de dijes que le colgaban del cuello.

En los siguientes tres días, habríamos de experimentar un congreso por demás Sui Generis.

Durante el día recibíamos lecturas y presentaciones de proyectos de diseño. Por la noche experimentábamos el más intenso frenesí por los conciertos que completaban el ofrecimiento de dicho evento. Vaya, diseñadores, cerveza, rock y funk, DJs, marihuana, ¿Ya mencioné la cerveza? La élite del diseño, de la publicidad, rockstars de los medios audiovisuales, endiosados por chiquillos universitarios. Puros hombres, solo un equipo de trabajo con una sola mujer, hermosa por cierto. Todos ellos, gordos, medio viejos y barbones. Todos ellos firmando autógrafos para jovencitas de tacones, faldas cortas, escotes.

Al terminar cada conferencia, Gabriel se escapaba para fumar un cigarro.


Tabaco fino, algodones
Iban a ver el río
Iban cantando canciones
Muertos de frío
La pasión de Gabriel
Era nadar en el río
Le contó de esto a su tío
Que era un cigarro de miel

Yo no sabía realmente como actuar. La soltura de Ella, la despreocupación de Gabriel, la inquietante neutralidad de Sergio, los demás simplemente sonriendo y permitiendo ser deslumbrados por los gordos medio viejos barbones con micrófono. Y yo sencillo y ataviado con mi sudadera de franela y cabeza rapada. Mis huaraches. Mis jeans rotos por las orillas. Mis veinte pesos en la cartera y una deuda con mi padre que habría de pagar en el siguiente año. A mi favor una sola arma secreta: todo el tiempo sostuve una memoria USB con un video. Uno nada más. Era un video con mi portafolio de trabajo. Todo lo que había hecho durante un año, para mostrarlo al mejor expositor del congreso.

– ¿Qué traes ahí? – Me dijo Gabriel, sacándome de mi sueño despierto.
– Es un … es mi portafolio de trabajo.
– ¿Se lo vas a dar a los gordos?
– Es la idea.
– Pues aprovecha ahorita porque mañana es el último día. Quien sabe si se queden para la clausura, pues su conferencia ya no va a continuar mañana – Dijo al tiempo que sacaba una nube de humo por la boca.
– Me da pena.
– ¡Ve cabrón!

Y titubeante me acerqué a un par de ellos. Rodeados de mujercitas alborotadas, sonreían y se tomaban fotos abrazados.

Se… señor. Señor Don Gordo. Disculpe – Dije sin poner atención a mis palabras.
Qué pedo cabrón – Contestó seco, detrás de nosotros se escucharon risillas.
Señor, quisiera saber si puedo compartirle mi portafolio de trabajo, lo tengo en esta…
Me lo das mañana ¿Va? Ahorita estoy ocupado.

Y caminé cabizbajo y compungido de regreso a mi pandilla.

No te preocupes carnal, mi papá es presidente municipal de mi pueblo, seguro podemos hacer un proyecto chingón de fotografía durante el siguiente año… tú nomás no te preocupes amigote.

Asentí sonriendo mientras él se estiraba para darme una palmada en el hombro.


Su tío que era muy viejo
No le puso reparos
Y cuando llegó el habano
Forrado entero de café
“¿Dónde se metió Gabriel?”
Preguntó inquieto el habano
“Se fué con otros cigarros
A ver el río correr”
“No lo puedo creer
Eres muy mal ciudadano
Pues tu sobrino y hermano
Tal vez nunca pueda volver”

En ese viaje conocí a Gabriel. Sobre todo cuando hubo una redada en esa bodega clandestina donde asistíamos a un concierto de música electrónica mezclada con batucada. Su máxima preocupación era encontrar a las muchachas y llevarlas sanas y salvas… a la siguiente borrachera.

También lo conocí esa otra noche que meneábamos todos la cabeza al ritmo de dos de las muchas bandas que escuchábamos en carretera y que ahora escuchábamos en vivo. Recuerdo cómo asintió sereno con la cabeza y una sonrisa leve cuando el cantante de una de esas bandas se acercó a mi mesa y de un trago se tomó toda mi soda.

Recuerdo que, borracho, conduciendo, me confesó dos cosas que consideraba importante decirme en ese momento de regreso al hotel: Que conducía mejor borracho y que estaba enamorado desde hace varios años de Estefanía. Éramos unos niños. Hace varios años habría significado apenas desde año y medio atrás.

Aún así, puedo decir que conocí a Gabriel. También podría decir que él conoció al que yo era antes. Así nomás. Sin mucho glamour y sí muchas inseguridades.

El último día, cansados de tantos conciertos, de llegar constantemente en estado inconveniente a las conferencias que ya olían a eructo de resaca, de los expositores y de nosotros, teníamos a bien tomar un poco el sol de la mañana antes de entrar a la fila para el cierre del evento. Sergio, Gabriel y yo volteábamos a la menor señal de taconazos en el piso de concreto del estacionamiento.

Unas hermosas piernas, rematadas con unos impresionantes tacones, se hicieron presentes doblando la esquina hacia la recepción del lugar. Esa muchacha, blanquita, de lentes oscuros y labios rojos, se bamboleaba con ese ir y venir característico de las pasarelas de moda. Debo decir que los tres estábamos boquiabiertos ante tal aparición. ¿Porqué no la habíamos visto antes?

Ese bamboleo al caminar se salió de control y la muchacha tropezó con el borde de una jardinera sin jardín. Cayó aparatosamente sobre la gravilla. De rodillas y de manos. En cuatro. El asunto es que en una mano sostenía un cigarro que al caer se hizo pedazos. Con el orgullo golpeado y las rodillas tierrosas, se levantó pidiendo otro cigarro.

– ¡Todavía estoy pedísima wey! – Gritó al grupo de personas que alarmados se acercaron a ayudarla.

La mitad de ellos la dejaron sola al escuchar tremendo grito. Solo una persona se quedó y le ofreció otro cigarro. Pronto descubrimos que el andar de pasarela era más bien un andar de embriaguez. Sobra decir que nunca habíamos asistido a ninguna pasarela y que mucho menos habíamos visto una modelo en persona.

Entonces me di cuenta que Gabriel le quitó su atención desde hacía rato.

Él seguía fumando su cigarro.

“…Solamente un buen fuego
Puede dar muerte a un cigarro”

El cierre del congreso fue un farfulleo interminable de agradecimientos, historias sobre cómo fue que el congreso se organizó y chiflidos después de escuchar que nuestra asistencia a tremendo evento no sería recompensada con ninguna constancia o diploma. ¿Cómo no íbamos a ser recompensados después de cuatro días y cuatro noches de conferencias, embriaguez, gordos medio viejos barbones con esposas hermosas, resaca, redadas, sodas, enamorados, cerveza y cigarros?

Al final, la rechifla terminó cuando empezó el último concierto, ahí mismo.

La fiesta terminó en el departamento de una amiga de Ella. Ella fue mi esposa. Lo fue durante un tiempo, algunos años después… muchos años después, aunque esa es otra historia. Ella bailó con Sergio y yo me quedé sentado. Bailó con esa neutralidad de quien no se toma tan en serio. Ella bailó como si gozara sin importar que al otro día habríamos de emprender el viaje de regreso, como si diera igual que acabábamos de pasar por cuatro días y cuatro noches de frenesí.

El único que lo notó fue Gabriel. Se estiró para palmearme el hombro y me dejó una mirada cómplice.

– Amigo. Eso se resuelve con el tiempo. Dale paciencia. – Me dijo sereno y le dio una fumada a su cigarro.
– ¿Tu crees?
– A huevo.

“…Solamente un buen fuego
Puede dar muerte a un cigarro”

Si hay regresos donde el solo respirar ya es por sí mismo un suplicio, creo que el del día siguiente sería el mejor ejemplo.

Sergio dormía a pierna suelta en el asiento de atrás, abrazado de mi equipaje. Gabriel y yo compartíamos la charla más profunda que se pueden permitir un par de nuevos amigos que apenas rebasan la veintena. Me confesó, ahora sobrio, que a veces se comporta como un pendejo cuando se pone borracho, que se le escapa decir estupideces como que maneja mejor bajo el influjo del alcohol. También me confesó, porque así lo creía importante, que estaba enamorado de Estefanía desde hace varios años. Año y medio para ser precisos. Que su papá lo estaba esperando para hacer un proyecto de fotografía en el pueblo donde era presidente municipal. Que le había caído muy bien y que le gustaría ver de qué se trataba mi portafolio.

Levanté la mano y le mostré la USB dorada donde había guardado mi video. Se la di en la mano y él la guardó de inmediato en el bolsillo de su pantalón.

– Se la voy a mostrar a mi papá.

Al regresar a casa, emocionado, me ocupé de buscar toda esa música que había escuchado en esos cuatro días y cuatro noches. La de Gabriel, la de Los Tres, la de las bandas de electrónica con batucada, la de rock funk, la de surf, todas. Eran otros tiempos.

Conseguir una canción específica era imposible. Imposible conseguir una canción de una banda chilena famosa en los noventas. Imposible. Una canción por aquí, otra por allá. Pero no esa canción.

Pasaron muchos meses. Un año tal vez. Yo no desistía en encontrar esa canción. La Torre de Babel, de Los Tres.

Eran tiempos del Limewire. Del Kazaa. Del Napster. De los módems que hacían un ruido como si estuvieras sacándole las tripas a un robot cada vez que te conectabas. Eran los tiempos en que tu mamá te desconectaba de la super carretera de la información si en algún momento tenía la ocurrencia de llamar a la Tía Cachis para pedirle la receta del pay de limón con chía que había hecho la navidad pasada. Eran tiempos en que traer un celular en la mano era poco común. Yo no tenía el teléfono de Gabriel ni él el mío. Estefanía se había encargado de anotar, en una pequeña libretita, como recuerdo de cuatro días y cuatro noches de locura, los teléfonos de todos en una esquina.

Eran tiempos en que una sola canción se completaba hasta después de varios días de espera. La Torre de Babel se hizo esperar varios meses. Poco a poco se completaba.

Poco a poco.

Un día al treinta y cuatro por ciento.

Doce días después al treinta y cinco por ciento.

Tres meses después al ochenta por ciento.

Dos meses sin avance, pero yo seguía al pie del cañón.

“…Solamente un buen fuego
Puede dar muerte a un cigarro”

Pasaron algunos meses más y después de una noche loca, de esas de chocolate en leche, pan dulce y soledad, pues mis padres estarían de viaje, me ocupé de conectarme a ese robot agonizante que era mi ordenador.

Noventa y ocho por ciento. Noventa y nueve. Noventa y nueve punto cinco. Cien por ciento.

Sonrisa.

Por fin.

Doble clic y de inmediato giré la perilla de mis parlantes casi hasta el tope.

¡Uf!

Que genial y oscura canción. Ahí estaba. Recobrando su despreocupada figura, en mi mente, la imagen de Gabriel. Fumando su cigarro y sosteniendo su Coca-Cola. Su sonrisa breve y sus ojos tristes, serenos, su delgado cuerpo y su cabezota. Sus dijes colgando de su cuello enmarcados por la camisa desabotonada, mostrando su esquelético torso. Creo que tengo ganas de buscarlo. Es tiempo de comunicarme con él.

Por fin estoy tranquilo. Que canción. Dios mío. Que canción tan genial y tan oscura.

Desconecto mi módem y apago la computadora, satisfecho.

*Ring* *Ring*

Entra una llamada al teléfono de casa. Contesto.

– Si ¿Diga?
– Hola… ¿Alfredo?
– ¿Alfredo padre o hijo?
– Soy Estefanía ¿Te acuerdas de mi?
– ¿Quién?
– La del congreso, fuimos con Gabriel a Guadalajara hace unos meses.
– ¡Claro! ¿Cómo estás?
– Gabriel está muerto.
– ¿Qué? … ¿QUÉ?
– Gabriel. Gabo. Falleció. Hoy vamos a ir a la ceremonia en el templo de Santo Niño a las cinco. Acompáñanos.
– Oh… ok. ¿Cómo fue que…?

*CLIC*

Colgó.

Se me erizó la piel y un zumbido potente se apoderó de mis oídos. Mi estómago hizo un nudo y mi corazón se detuvo por un instante. ¿Qué? Pero. Pero. Pero ¿Cómo?

Esa trágica sensación, esa simple tragedia de lo que es blanco o es negro. Primero está y ahora no está. Y justo… justo pensé en él, justo acabo de formar en mi mente su figura con cigarro y soda. Justo acabo de escuchar su canción, la del cigarro Gab…

Mis ojos se soltaron a llover. Lloré y lloré. Lloré porque no podría decir que lo conocí, pero me dolía y entonces creo que sí lo conocí y, más importante aún, me conoció. No solo me conoció. Supo ver que era un melancólico, como él. Entre melancólicos nos reconocemos. Él era uno de los míos y yo uno de los suyos. Apenas acababa de encontrar la canción que me recordaba nuestro viaje, su nombre, el frenesí.

No podía creerlo. ¿Dónde? ¿Cómo?

Que putada…

Pero… pero ¿Cómo? ¡Quiero saber! Cuando alguien se va yo quiero saber cómo se fue. ¿Fue una muerte digna? ¿Trágica? No se porqué diantres me interesan esas pendejadas… lo importante es que se fue. Pero ¿Cómo?

No supe la historia esa tarde en la misa, porque no fui. Lloré y me deprimí, pero fui un cobarde y no fui. No quise verlo ahí tendido en un cajón sin su cigarro y una Coca-Cola. Me enteré una semana después en una ceremonia que se hizo en su universidad. Su hermano me permitió hacer la pregunta. Fue en el río de las aguas termales. Se ahogó. No se si estaba muy borracho, o muy cansado. Sólo se que estaba solo. Más bien se sentía solo.


Cuando llegó el habano,
A la orilla del Río,
Vió un pequeño cigarro
Muerto, abierto y tendido.

Estaba todo mojado,
Sin señales de vida,
El tabaco se desprendía
Quedaba desparramado.

Tristeza, llanto, lamentos,
Reinarán desde hoy en babel,
Se nos ha muerto Gabriel,
Todo ha quedado en silencio.

Solamente un buen fuego,
Puede dar muerte a un cigarro.
Pero si muere mojado es igual
Que si a un hombre,
Lo mataran colgado…
Colgado.

A veces he tenido la idea, somera y rápida, de hablar con Gabriel y decirle “¡Mira! ¡Ya estoy gordo, barbón, soy un cuarentón y estoy listo para conocer a esa guapa treintona y dar conferencias en un Congreso de Diseño!

Pero no me dejo la barba y ya viví un divorcio que afortunadamente ya no pesa. Tampoco me interesa el diseño como antaño. Sí estoy gordo.

Creo que es tiempo de decirte adiós amigo Gabriel. La compañía que me hizo tu trágica historia me fue útil durante un tiempo. Por fin podré cantar esa canción sin llorar y sin culpa. Gracias por verme tal cual era.